
Niños, borrachos, locos y poetas tienen algo en común: dicen la Verdad. Bien es cierto que cada uno a su modo y regidos por cualidades bien distintas. Mientras que a los niños parece empujarlos sólo una inocencia límpida, paradisíaca, los otros grupos llegan a ese estado desinhibido, falto de prejuicios, por una intoxicación voluntaria, por una disfunción cerebral aleatoria o, peor aún, por un estado de insensatez sobrevenida que no siempre es producto de una extremada sensibilidad.
De todos ellos me interesan más los últimos, porque mientras que los otros males tienen o pueden tener cura, aquellos que se llaman poetas una vez no sólo arrastran ese mal hasta la fosa, sino que están condenados a soportar cualquiera de las categorías que para ellos se han creado. Bueno o malo, joven o viejo, lírico, épico, popular, del corazón o de la naturaleza, urbano, íntimo, oscuro, ocasional, al uso… Cualquier sambenito que se le cuelgue a quien se declare hacedor de versos, corre el peligro de terminar tallado en una lápida para escarnio perenne de quien lo mereció. Por eso agradecí tanto ver la tumba de Antonio Machado en la que no hace falta poner algo más de lo que allí hay escrito. Y es que hasta para el nombre hay que tener suerte. Los cartageneros, que sesean, no pueden ver con tranquilidad la estatua que Murcia levantó a uno de sus más meritorios poetas y cuya única inscripción en su pedestal es ésta: "A SELGAS".
Poetas lorquinos de comienzos del siglo XX, a los que un grupo de bienintencionados anda poniéndoles placas y lápidas por toda la ciudad, escribieron bien sobre el mito de las “ciudades muertas”. No son éstas, como me enseñó en una estupenda conferencia José Luis Molina, aquellas que se tragó la historia, sino las que se hallaban envueltas entonces en un marasmo social –esto es, casi todas las del momento- y permanecían ensimismadas contemplando los restos de un pasado más o menos glorioso. Ya en aquellos años se cantaba la ruina cultural y física de una ciudad, Lorca, que aún se mostraba proporcionada y bella. Hoy asistimos al desplome definitivo de todo cuanto la hacía más habitable y le confería la gracia y el adorno de un pasado intacto. El castillo de Alfonso el Sabio, convertido en un hotel. El cemento y el ladrillo no han dejado de perturbar aquellas alineaciones de tejas que peinaban la brisa de las tardes. Y la piqueta impulsada por el Ayuntamiento no cesa de “modernizar” de manera horrenda todo cuanto señala el dedo infame del analfabetismo cultural. Pulvum eris. Por eso la Naturaleza se encarama ahora hasta lo más alto reclamando lo que es suyo. Y por eso, veo cada vez menos ángeles surcando el telón azul de las mejores mañanas de Septiembre. A este que os muestro lo sorprendí el otro día, escapado de no sé qué retablo o fachada, disponiéndose a pasar la noche. No sé si aguantará mucho más bajo ese alero amenazante, ni adónde ha de ir cuando un dedo grosero apunte directo a su escondrijo.